Hoy, los cristianos católicos celebran la fiesta de la Epifanía, o “exhibición” del Niño Jesús a los visitantes de Oriente. Leemos en el Evangelio de Mateo:
“Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella! Al entrar en la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso, y mirra” (2: 9-11).
Tradicionalmente, los eruditos de la Iglesia han enseñado que los dones de oro, incienso y mirra representan la realeza, la divinidad y la muerte de Jesús.
Obviamente, Jesús no quiere ni necesita tales regalos. Más bien, nos mandó seguir sus mandamientos de amor, como acoger al forastero; alimentar al hambriento; perdonar a quienes nos hacen daño; consolar al afligido; cuidar de los pobres y enfermos; y muchos otros mandamientos cristianos.
