En este decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario, leemos sobre uno de los milagros de Jesús en el Evangelio de Mateo. Leemos:
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para esta a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mateo 14: 13-21).
Esto se llama una historia eucarística, un anticipo de la creación del Santísimo Sacramento —su Cuerpo y su Sangre— en la primera Eucaristía. Como en los milagros de los panes y los peces, siempre habrá suficiente para que todos se sacien. ¿Aprovechas la Sagrada Comunión cuando vienes a celebrar la Eucaristía? Si no, ¿por qué no? Si hay algún obstáculo que te impide recibir la Sagrada Comunión, habla con un sacerdote; quizás él pueda ayudarte a superar esos obstáculos.
